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Full text of "Discurso inaugural que pronunció en el Ateneo Español D. José Joaquín de Mora, uno de sus socios, al abrir un curso de derecho natural el dia 7 de Marzo de 1821"

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DISCURSO INAUGURAL 

QÜ 8 PROHtJVClÓ 

# 

EN EL ATENEO ESPAÑOL 

D. JOSE JOAQUIN DE MORA, 


OVO DI SOS SOCIO! , 


AL ABRIR UN CURSO DE DERECHO NATURAL 


II PIA 7 DI MARZO P* l8al. 



MADRID : 

Imprenta del Cbvsor, Carrera deS. Francisco. 




1821. 









DISCURSO INAUGURAL 


P KOSÜHCUDO 

EN EL ATENEO ESPAÑOL 


/V penas salimos en el estudio del hombre , 
de la esfera de su organización física y del 
circulo de sus primeras necesidades , hallamos 
un orden mas elevado de fenómenos , una nue- 
va especie de operaciones, para cuyo conocimien- 
to no bastan ni el simple uso de los sentidos , ni 
las leyes que dirigen los movimientos y las re- 
laciones de los cuerpos. La inteligencia y la vo- 
luntad se nos presentan con toda la oscuridad 
de su origen , en toda la inmensidad de su al- 
cance, trazando una barrera impenetrable en- 
tre el mundo de las sensaciones y el mundo del 
espíritu , y encadenando la creación entera á 
unos actos tanto mas enérgicos y poderosos, 
cuanto menos se asemejan á lo que forma el 
objeto inmediato de nuestras impresiones ester- 


4 

ñas. El hombre aparece entonces como el gefe 
de la naturaleza ; como la parte mas noble del 
universo ; como el grande enigma cuya esplica- 
cion parece reservada á la mano invisible que 
formó sus órganos, y derramó en ellos el ger- 
men de la vida. 

Pero esta sublime prerogativa somete al que 
la posee á una nueva serie de necesidades. Las 
leves del mecanismo no son menos seguras é 
irresistibles, que las relaciones que emanan del 
egercicio de las facultades interiores ; y si el 
hombre . como animal , se halla espuesto al cho- 
que de los cuerpos , á los rigores de la esta- 
ción , á la falta del equilibrio , como ser inteli- 
gente y moral es susceptible de un sin número 
de modificaciones de vicisitudes, de privaciones, 
de sufrimientos que le advierten á cada paso sn 
debilidad y su dependencia. Los errores de sn 
espíritu , los descarrio» de su voluntad, son dos 
precipicios, en medio de lo? males transita du- 
rante todo el curso de su existencia. 

Aislado en la soledad de los campos, desnu- 
do de inclinaciones y de imperiosas exigen- 
cias, el hombre no serla mas qne un elemento 
insignificante del cuadro vaslisimo del universo; 
pero en su corazón existe un germen que todas 
las circunstancia» de su vida contribuyen i de- 
sarrollar. De íl nacen las relaciones de la sim- 
patía ; los vínculos de la subordinación , los 
desahogos de la sensibilidad : las ex plosiones de 
la cólera , la reconcentración de la venganza , 
los encantos del amor, los goces del pensamien- 
to : esa muchedumbre , en fin , de afectos , de 


5 

pasiones , de sentimientos , de operaciones in- 
visibles y misteriosa* en que se funda la socia- 
bilidad. 

A esta palabra el hombre se nos presenta, no 
ya en el aislamiento de aquella hipótesis imagi- 
naria , sino subordinado á un sin numero de 
circunstancias que influyen en sus acciones ; 
parte de un todo que no perece ni se interrum- 
pe; eslabón de tina cadena que se dilata por 
toda la superficie del globo, y miembro de tina 
familia destinada á dominar sobre todos los 
otros seres. Débil en su nacimiento , Tardante 
en su pubertad, ardoroso é imprudente en su ju- 
ventud , vigoroso y temerario en su edad viril , 
caduco y trémulo en su vegez- , no hay un solo 
dia de su existencia en que no se vea obligado 
á reclamar el ayuda de sus semejantes, finan- 
do sufre necesita consuelos ; cuando piensa, au- 
xilios; cuando goza, participes y confidentes ; 
cuando ama , rom (tañera ; ruando se estravia , 
consejero , y cuando muere, una mano que cier- 
re sus ojos y entregue sus restos á la tierra. 
Asi , pues , no hay uu organo cu su mecanismo, 
no hay un afreto en su corazón , no hay una 
facultad en su espíritu que no le adsierta la 
existencia de otros hombres de quienes ha de 
depender, á quienes lia de dominar , ó ron quie- 
nes debe vivir. 

1' en esta acción y. reacción continua de ser- 
vicios , de relaciones, de choque» y de alianza», 
¿oa. habrá regla que le guie, ni freno que le mo- 
dere ? ¿ ( arrecí a de prinoLpio» que determinen su 
conducta en semlero» tau tortuosos ? ¿ ó abatido- 


6 

nará el cuidado de su existencia, la tranquilidad 
de su concieneia , la seguridad de sus juicios á 
los impulsos de un instinto mecánico ? ?«o. Seño- 
res : lejos de nosotros tan injuriosa suposición ; 
y por roas que la historia nos presente el dolo- 
roso cuadro de las naciones dobladas bajo el 
jugo del despotismo , dominadas por una feroz 
intolerancia, j reducidas ¿ estudiar sus deberes 
y sus derechos en el dédalo de una pueril me- 
tafísica, ó en las tinieblas de la superstición , 

— reconozcamos que una razón superior fiada en 
sus propias fuerzas y movida por sus mismos 
resortes , debe trazar la liora de nuestras opera- 
ciones , espigándonos su origen , determinándo- 
nos su fin, y demostrándonos sus consecuencias. 

Este estudio ha podido , en épocas menos fe- 
lices , quedar oscurecido y como sepultado bajo 
el peso de los conocimientos mas fútiles : los 
déspotas han debido proscribirlo como su ene- 
migo mas implacable , puesto que revelando al 
hombre lo que vale ó lo que puede, le enseñaba 
el camino de la independencia: la religión mal 
entendida le ha anatematizado bajo los espe- 
ciosos pretextos con que siempre se ha cerrado 
la boca á la verdad ; pero en la época ventu- 
rosa de nuestra regeneración , ninguno de estos l 
estorbos puede bailar una ciencia tan importan- 
te. Debemos , pues , aplicamos á ella si quere- 
mos ser ciudadanos útiles , verdaderos amigas 
de la libertad , servidores dignos de la patria, y 
fieles observadores de las leyes bajo cuyo dul- 
ce imperio tenemos la ventura de vivir. 

Y no dudemos que se necesita algo mas que 


7 

«1 hábito ciego de la obediencia para merecer 
todos esos dictados ; porque la obediencia qae 
no reflexiona es el carácter distintivo de la es- 
clavitud ; y la libertad solo puede conservarse 
cuando se conocen su esencia , sus beneficios , 
sus prerogativas, y los enemigos que la ame- 
nazan ; cuando se penetra con el estudio de 
nuestras facultades su estension y sus abusos , 
cuando el coraron nos ha revelado el misterio 
de su flaqueza , y la razón, la energía de su po- 
der ; cuando no cumplimos un deber ui recla- 
mamos un derecho, sin que estemos seguros de 
que no somos victimas ni tiranos. El estudio 
mas digno del hombre , ha dicho un poeta filó» 
sofo, es el hombre mismo : añadamos que es 
también el mas necesario, porque sin él ¿quién 
nos liberta de nuestras ilusiones , y quien pone 
un freno á nuestros apetito* ? ¿ quién aparta de 
nuestros cuellos el yugo de la arbitrariedad ? 
¿ quién nos preserva de los males de la anarquía? 
¿ quién da vigor á las leyes , respeto á sus de- 
positarios y carácter inviolable á su sanciou ? 
i quién , en fin , pone en orden el caos de er- 
rores y de las pasiones prontas siempre á desen- 
frenarse y á sepultar la sociedad entera en el ma» 
espantoso de los abismos ? 

Por otra partí? , á medida que han progresado 
las luces , que se ha perfeccionado la industria, 
que se han aumentado las naciones , y que los 
gobiernos han esteqdido sus atribuciones y sus re- 
surtes , los vínculos de la suciabilidad se han 
ido complicando, de tal modo que la masa de 
las obligaciones forma ya una parle rsencialisiina 


8 

de nuestra existencia civil v moral. Alguna luzh* 
de disipar las tinieblas de tan intrincado labe- 
rinto : esta luz es el saber , desdeñado en vano 
por la ignorancia presuntuosa, pero indispensa- 
ble para aqnelloS que buscan de buena fe el or- 
den , la paz r la ventura. F,1 fruto mas precio- 
so de la civilización , el producto mas útil de 
la filosofía es esta ciencia incomparable ron cu- 
yo auxilio sabemos lo que somos, y porqué lo 
somos ; lo que alcanzamos y lo que sentimos ; 
los limites de nuestras fuerzas , el uso de nues- 
tras prerogativas , las cláusulas del pacto que nos 
liga con nuestros sem^antes, y la amplitud de 
la esfera en que es lícito movemos. 

Prendados los bombees de este estudio , siem- 
pre que han egereido su razón han aplicado á él 
todo su conato, con un celo que ha sido casi 
generalmente mas loable que feliz. I.os anti- 
guos cuyas ideas religiosas, por ahsmdas que 
fuesen, no llegaron jamas á invadir el dominio 
del pensamiento, nacidos bajo el régimen libre 
de las repúblicas , y libres de muchas trabas 
que los progresos de la cultura han puesto al 
egercicio de la razón , consideraban el estudio 
del derecho natural , como el mas importante 
de cuantos se podían emprender. En cultivar- 
lo , decia Cicerón , está cifrado todo el’ mérito 
de nuestra vida , y su descuido es una men- 
gua ignominiosa. Pero las sutilezas filosóficas 
vinieron muy en breve á degradar sü noble 
sencillez , sobrecargando sns principios • y do- 
cumentos Con clasificaciones inútiles y distincio- 
nes imaginarias. Era necesario escribir según la 


9 

línea trazada va por nn gefe de secta: et aca- 
démico no entendía la naturaleza de nuestras 
obligaciones como el estoico. Carneados no 
pensaba como Cratipo acerca de las mas senci- 
llas nociones de nuestra existencia moral. F.l 
mismo Cicerón que aspiró á libertarse de este 
yugo y á pensar por si, consultando la razón 
primitiva , no pudo deshacerse completamente 
de los hábitos filosóficos que había adquirido 
en su juventud. Sin embargo se acerró cnanto 
pudo al verdadero origen de todo raciocinio 
en las ciencias políticas y morales. Tomó al 
hombre en su desnuda existencia por objeto 
de un sabio análisis, y despnes de haber tra- 
zado una ligera comparación entre las dos na- 
turalezas animal y rarional, establece las pre- 
rogativas de la última en estas hermosa» pa- 
labras: « El hombre , dotado de razón , con 
la cual penetra las consecuencias de las cosas, 
ve sus causas y sus progreso* , adivina su ori- 
gen, compara sus semejanzas, y nne las pre- 
sentes con las futuras , conoce de antruqino 
el curso de su vida y prepara cuanto para 
ella es necesario. Htírno autern quod rationts 
est particeps , per ijuam eonsequentta rrrtitf, 
causas rerum videt , earumque progresáis el 
quasi antecesiones nen ignorat , similitudines 
comparat , et rebus preesentibus atljungit ñique 
annectit futuras-, facilr totius vitas eursuni eider, 
ad eamque degendetm , prceparat res nes estu- 
rias. Este era el verdadero camino de acert arse 
á la verdad : asi es -que si en ol magnífico tra- 
tado de oficiis l'altí el complemento de aquella 


/ 


10 

profundidad filosófica que solo pudo ser efec- 
to del adelanto simultáneo de todos los cono- 
cimientos humanos, las definiciones sin embar- 
go son en estremo claras y precisas , el mé- 
todo sencillo y analítico , los documentos sa- 
nos V perfectos. Cicerón será á veces nuestra 
guia, cuando en el «amen de las relaciones so- 
ciales busquemos la razón en que se fundan. 

En los siglos posteriores y cuando la restau- 
ración de las letras hizo despertar al enten- 
dimiento humano del letargo en que vacia, 
como la jurisprudencia fue una de las ciencias 
que mas llamaron la atención, y como los li- 
bros de los antiguos sobre leyes acudian con 
frecuencia al derecho natural, como último fallo 
en las cuestiones complicadas, los hombres se 
aplicaron á su estudio , luchando con los in- 
finitos obstáculos que le oponian las preocu- 
paciones de los tiempos y el régimen político 
bajo el cual vivian todos los pueblos de Eu- 
ropa. En efecto , era difícil descifrar las cláu- 
sulas del pacto primitivo , cuando no se re- 
conocía ma» ley que la espada ; era inútil 
hablar de la igualdad de derechos cuando el 
feudalismo había alzado las mas odiosas bar- 
reras entre el hombre y el hombre : era en fin 
peligroso descender á la profundidad del cora- 
zón, sin mas guia que la razón humana, cuando 
ardía» las hogueras de la inquisición y cuan- 
do las guerras religiosas destruían las nacio- 
ues que son hoy modelos de civilización y de 
tolerancia, brillaban de cuando en cuando al- 
gunas verdades de aquellas que revelan al hom- 


bre su dignidad ; y los teólogos mismos osa- 
ron indicar la soberanía del pueblo como ori- 
gen de todos los poderes, pero esto no cons- 
tituía un cuerpo de doctrina , ni un sistema 
seguido y profesado. Grocio, Heinecio, Puffen- 
dorf , escribieron en tiempos posteriores y no 
alzaron sino una parte del velo que ocultaba 
la verdad. Después apareció esta en todo su 
esplendor á los ojos de los hombres. El filó- 
sofo de Ginebra fijó las causas de la desi- 
gualdad y las condiciones del contrato en que 
se funda el edificio social ; Volney inspirado 
por las ruinas de un imperio poderoso , re- 
vistió con los colores de una fantasía poéti- 
ca aquellas verdades esenciales ; Montesquicu 
les dió todo el peso de una dialéctica irresis- 
tible; la escuela de Escoria las unió ron el 
conocimiento metafisico del hombre , conside- 
rándolas romo emanaciones precisas de sus fa- 
cultades ; el mismo Montesquicu, Beraria, F¡- 
langieri, Servan, Brissot y otros muchos, las 
aplicaron al examen de las leyes positivas, y 
Bentham desbaratando cuanto habían hecho 
sus predecesores , sacó de principios mas nue- 
vos y mas positivos , consecuencias mas fecun- 
das , aplicaciones mas vastas y resultados mas 
útiles. 

Entre las dos épocas que acabamos de dis- 
tinguir, floreció el autor que me propongo se- 
guir en este curso : el sajón Burlamachi , do- 
tado de un discernimiento clarísimo, de una 
vasta erudición y de una afición decidida 
á la jurisprudencia , consagró toda su vida á 


13 

despojar esta ciencia de los errores que la 
afeaban. Sus elementos del derecho natural 
no son una obra completa , capaz de llenar 
enteramente las atenciones de un curso; pero 
su método analítico , sus clasificaciones acer- 
tadas , la claridad de sus principios , le re- 
comiendan altamente como un conductor se- 
guro en el vasto laberinto de especies que 
van á reclamar nuestra atención. Ninguno en 
mi sentir ha ligado con mas tino que este es- 
critor las relaciones morales con las políticas; 
ninguno ha pasado por transiciones mas in- 
sensibles del hombre aislado al hombre social; 
ninguno ha manifestado de un modo tan claro 
la intima relación que existe entre el hombre 
y el ciudadano. Por esto le be elegido para 
que sirva de testo á nuestras meditaciones, 
reseñándome el derecho de separarme á ve- 
ces de sus consecuencias , de ampliar sus prin- 
cipios y de aplicarlos á las instituciones po- 
litieas qtie nos rigen, y cuyo estudio debe ser- 
nos tan precioso como necesario. 

Porque no me ha parecido conveniente li- 
mitarme á la desnudez clásica con que este 
y otros muchos escritores han tratado las doc- 
trinas de la legislación natural. Juzgo que la 
' ciencia que vamos á estudiar y la moral filoso- 
fa tienen entre sí la mas íntima ronexion; pero 
esta dirige al hombre en el recinto de sus 
relaciones domésticas, ó si le sata de ellas es 
para trazarle una corta serie de deberes pa- 
sivos ; pero el derecho natural no considera 
las relaciones privadas , sino como rudimentos 




1 


i3 

de las obligaciones públicas, y para ello apli- 
ca sus atentas miradas á los principios funda- 
mentales de la sociedad, del gobierno, de la 
legislación. Miembros de un pueblo libre , re- 
gidos por uu Código político en que están 
consignados los dogmas mas filosóficos, noso- 
tros debemos aspirar á penetramos de su es- 
píritu y á conocer los limites hasta donde nos 
pueden llevar sus aplicaciones. No creamos que 
las Constituciones se observan , como se obe- 
decen los mandatos de un monarca absoluto: 
para esto no se necesita mas que el ciego 
instinto de la esclavitud; para aquello es in- 
dispensable el libre uso de la razón, y este uso 
es tanto mas libre cuanto es mas ilustrado. Un 
simple ciudadano es un ser infinitamente mas 
noble y mas digno que el vasallo inas emi- 
nente. Para egerCcr cualquiera de las funcio- 
nes que puede confiarle la Patria, es menes- 
ter algo mas que la egecucion rutinera de las 
obligaciones sabidas: el depósito que se le con- 
fia no es un peso inútil: es á veces la balanza 
de la justicia , el cuidado del reposo públi- 
co, la representación de los inas sagrados de- 
rechos ; en fin la salvación entera de la gran 
familia á que pertenece. 

Para llenar fines tan elevados, apliquémos- 
nos á conocer la diguidad y el curso de nues- 
tros destinos, y examinemos los diferentes me- 
dio» con que pueden egercerse las facultades 
que hemos recibido de la naturaleza y de la 
sociedad. 

Pero apartémonos eu tan importante estudio 




l 


de todo espíritu de secta y de sistema; rompa- 
mos sobre todo cuantos obstáculos hallemos 
entre nosotros y la verdad. 3Vo procedamos 
en el examen de verdades prácticas con una 
fé ciega en los que nos han precedido: ana- 
lizemos las ideas que se noS presenten : con- 
frontémoslas antes de establecerlas como ba- 
ses de ulteriores raciocinios, y ya que el hom- 
bre ha de ser en último resultado el prin- 
cipio y el fin de nuestras investigaciones, ten- 
gamos presente que este ser indefinible es un 
compuesto admirable de órganos y de facultades, 
de sensaciones y de ideas , de necesidades y de 
prerogativas ; y por consiguiente que el cono- 
cimiento fisiológico de su organización es un 
auxiliar poderoso para penetrar en los abis- 
mos de su existencia mental. 

Partiendo de estos principios y trasladan- 
do la misma regla del hombre á la sociedad, 
considerémosla como una máquina inmensa, 
cuyos diversos resortes se mueven por el mis- 
ino impulso v ceden ¿ los mismos choques. 
Descompongamos este todo complicadísimo, y 
hallaremos por elementos constitutivos de la 
masa , los deseos , los intereses , las pasiones 
de los individuos : admiremos la armonía que 
resulta del concurso de tantas acciones y de 
la lucha de tantos intereses ; pero tengamos 
presente que esta armonía vá á convertirse en 
un caos, en el momento en que cada cual des- 
conozca sus atribuciones y su» deberes : nue- 
vo y poderoso motivo de empeñarnos en su 
estudio. 


5i 

Fijemos como piedra fandamental de esta 
difícil enseñanza que toda nación se compone 
físicamente de hombres , los cuales no sola- 
mente dependen del derecho natural primiti- 
vo , sino que están ademas sujetos á una au- 
toridad soberana; pero la cualidad de ciuda- 
danos no les borra la esencia de hombres; 
asi , pues , nada disipa ni puede disipar en 
ellos el carácter originario de elevación y dig- 
nidad. 

Si nuestra ventura particular es el obje- 
to de nuestra conducta, la ventura social es 
el objeto del legislador , la utilidad general 
deberá ser el fundamento de toda ley. Con 
este instrumento en la mano desaparecerá á 
nuestra vista esa especie de fanatismo políti- 
co , que considerando á los hombres como 
otras tantas teorías , convierte las leyes en es- 
peculaciones abstractas, y admite como prin- 
cipios demostrados lo que se funda en una 
creencia ciega, tan necesaria en las materias 
de fé , como perjudicial en la ciencia del de- 
recho. Conocer ei bien de todos ; esto es lo 
que constituye la ciencia de la ley : hallar los 
medios de realizarlo , tal es el arte de la le- 
gislación. 

La naturaleza ha colocado al hombre bajo 
el imperio del placer y del dolor. A ellos de- 
bemos todas nuestras ideas , á ellos referimos 
todos los juieios, todas tas determinaciones de 
nuestra vida. £1 que pretende sustraerse á su 
imperio y recurrir á las quimera» de un so- 
ñado equilibrio, es ua temerario ó un faná- 


ifi 

tico. Cuando buscamos lo que no» contiene, 
cuando huimos de lo tjue nos daña , cuando 
satisfacemos las necesidades del coraron: mas 
es, cuando nos sometemos resignada, pero vo- 
luntariamente ñ los mas penosos sacrificios, en- 
tonces redemos á uno de aquellos dos agen- 
tes imperiosos. En vano queremos sustraernos 
á su influjo : él ocupa toda nuestra existen- 
cia , y amolda . digámoslo asi , nuestra vida. 
Sometidos , pues , á tan innegable necesidad, 
apliquémonos á conocer estos dos grandes mo- 
tores de todo cnanto hacemos y pensamos ; y 
si en las doctrinas qne van d ocupamos en 
este curso no los perdemos de vista , halla- 
remos un campo inmenso de descubrimientos 
y un germen inagotable de aplicaciones. 

Rentham, á quifn citaré con frecuencia como 
mi qumdo maestro, y el escritor roas nuevo 
y original de cuantos han tratado materias le- 
gislativas , funda en aquellos dos cimientos to- 
do el edificio de las leyes positivas; pero no- 
sotros discurriremos el camino que él no ha 
tenido por conveniente tra/.ar , y hallaremos 
que en las leyes naturales que preceden á las 
positivas , como la oaturalrxa precede al ar- 
te , el placer y el dolor son las autoridades 
mas *eguras , y las barreras roas indestructi- 
ble». De aquí resultaran doctrina» que pare- 
cerán meras paradojas ; porque nos liemos t~ 
durado aplicando á toda esjiecie de conoci- 
miento la abnegación y el estoicismo de la 
doctrina evangélica : teoria sublime á la ver- 
dad , divina como su autor , y tau superior 


17 

á la filosofía humana, como el cielo ¿ la tier- 
ra. Pero la religión tiene su templo en el co- 
razón y su esfera en nuestros sentimientos ín- 
timos. Al salir de este círculo se necesita, por 
desgracia de la humanidad, el peso de lo que 
es positivo , real , sensible y aun exactivo y 
violento. Por esto la fuerza de la sociedad en- 
tera se desploma, digámoslo asi, contra el in- 
dividuo que la ultraja ; por esto hay gobier- 
no y policía , y poderes y castigos ; y todos 
estos elementos y probabilidades unidos con 
los que emanan de nuestras sensaciones, deben 
entrar como partes integrantes en la ciencia á 
que vamos á aplicarnos. 

Resueltos á descomponer , digámoslo así, 
las ideas antes de darles valor , renunciemos 
igualmente al uso de esas palabras vagas é 
indefinidas, que han pasado de las escuelas á 
los Códigos, y que han abierto el santuario de 
la justicia á la arbitrariedad y á la interpre- 
tación. La persuasión intima , la conciencia, 
el honor , la simpatía , el tacto moral , to- 
dos estos principios equívocos , que cada cual 
aplica á su modo y que tantas veces han 
sancionado los mas espantosos descarries, de- 
ben proscribirse de la legislación filosófica. 
Esta no quiere enigma ni entusiasmo, ni ins- 
piración, sino datos seguros y datos invaria- 
bles. Para celebrar un pacto, es forzoso cono- 
cer los derechos de los contrayente» y el va- 
lor de sus respectivas condiciones : para ege- 
cutarlo, es indispensable atenerse a lo escrito. 
Ahora bien : cuando se trate de obedecer los 


i8 

preceptos de la justicia , y de admirar los pro- 
digios dp la virtud , de nada sirve decir: así 
lo escribió la naturaleza en nuestros corazo- 
nes ; lo que conviene demostrar es, que el 
cumplimiento de aquellas obligaciones está de 
acuerdo con lo que deseamos , con lo que 
poseemos; con nuestro placer, con nuestra uti- 
lidad, con el bien estar de nuestra v ida, y con 
la armonía de la sociedad de que somos parte. 

Mas allá de estas barreras no hay mas 
que tinieblas y error; pero dentro de ellas 
se contiene cuanto se necesita para ser bue- 
nos hijos , buenos padres , buenos esposos , ciu- 
dadanos útiles , hombres benéficos , magistra- 
dos inexorables , defensores de la patria , ami- 
gos del orden y verdaderos eonstitueionales. 
Allí están las reglas de la conducta , los estí- 
mulos de la virtud , el castigo del mal moral, 
la esencia del gobierno perfecto, el dogma de 
la libertad y de la igualdad , y todas las con- 
secuencias que derivadas de aquellas fuentes, 
forman el conjunto de reglas políticas á que 
hemos dado el nombre de Constitución. 

1.a nuestra renacida, hoy hace un año, 
de sus cenizas, confirmará á cada paso nues- 
tras observ aciones ; ella serv irá muchas veces 
de texto á nuestros estudios , y siempre que 
en el discurso de ellos encontremos tina apli- 
cación exacta de la legislación natnral á la le- 
gislación positiva , el Código político de los 
españoles confirmará con egemplos luminosos 
todas nuestras doctrinas. Encargado por el Ate- 
neo de dirigir este curso , yo procurare des- 


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empeñar tan honroso ministerio, eomnnicando 
á los que tengan la bondad de oirme el fruto 
de las meditaciones de toda mi vida. ¡Dicho- 
so yo si al terminar el curso , mis discípulos 
han adquirido á lo menos el deseo de discur- 
rir el camino que yo me habré contentado 
con indicarles ! ¡ y dichosa la patria si el cono- 
cimiento profundo de los derechos le propor- 
ciona miembros titiles que la ayuden k cum- 
plir los altos destinos que le están señalados!